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Relatos de terror

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Mensaje por Nacho el Jue 29 Oct 2009, 15:49

Aqui iremos poniendo relatos que para algunos seran
dificiles de olvidar


Relatos de terror Terror9
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Relatos de terror Empty El fantasma del espejo

Mensaje por Nacho el Jue 29 Oct 2009, 15:56

Spoiler:
Pedro llevaba un año viviendo con su novia Belén y podía decirse que era feliz, al margen de lios familiares y demás dificultades cotidianas. Al menos hasta que conoció a Verónica, una chica que tomó café en la misma cafetería que él y con la que coincidió el 21 de diciembre. Ella le pidió que le alcanzara las servilletas y el se las acercó. Un acto normal y cotidiano con el que ambos regalaron su mejor sonrisa. Sin embargo para Pedro, Verónica le dijo mucho más con su sonrisa. Entendió que estaba sola, que no estaba bien y que necesitaba un amigo y un apoyo.
Con el corazón abierto, Pedro le dijo con naturalidad si se encontraba bien y ella sonrió con cierta tristeza respondiendo que no. Que en su trabajo le exigían demasiado y muchas de las cosas que le pedían no sabía hacerlas y se burlaban de ella, el jefe amenazaba con despedirla si no espabilaba y vivía sola por que su novio la acababa de dejar por su mejor amiga de modo que no podía perder su trabajo.
Pedro sintió que debía ayudarla y sin dudarlo le ofreció comer juntos ese mismo día para que contara más sus problemas por si él la podía ayudar. Ella aceptó y su sonrisa demostró que le hacía ilusión. Verónica era muy bonita, delgadita y de estatura algo pequeña, su pelo era castaño oscuro y liso y sus ojos azules. Su mirada despedía inocencia y tristeza al mismo tiempo. Desde luego que se sintió atraído por ella pero en ningún momento pensó en engañar a su novia. Su intención era buena y con idea de animarla y, ¿por qué no?, hacerse amigos, quedó a las dos en el mismo restaurante para comer juntos. Incluso cuando habló con Belén por teléfono le dijo lo que había pasado y que se sentía en la necesidad de ayudar a esa chica. Belén le contestó que tenía un enorme corazón y que por eso le amaba tanto. Él respondió que también la amaba.
La hora de comer llegó con mucha lentitud. Pedro se pasó toda la mañana pensando en Verónica, en sus preciosos ojos y lo mucho que deseaba que llegara la hora de la comida para poder hablar con ella y animarla. Eso le causó varios aprietos en su trabajo porque no consiguió terminar nada de lo que había empezado y se llevó la bronca de su jefe.
Cuando al fin la aguja de las horas aterrizó en las dos, se disculpó ante sus amigos con los que solía comer y salió corriendo del edificio, dispuesto a encontrarse con ella. Su corazón latía muy fuerte y cuando vio a Veronica esperarle en la barra tomando un refresco se sintió diez años más joven y como si estuviera en su primera cita.
- Hola - la saludó.
- Hola - dijo ella con timidez.
- ¿He tardado mucho? Lo siento.
- No importa yo estoy desde antes de la hora.
La mirada de ella era tierna y esperanzada. Pedro vio en sus ojos que él le gustaba pero no le dio importancia a ese detalle dado que a él también le gustaba ella y no significaba nada. Era una comida de amigos.
- De modo que hoy tienes un mal día - quiso restarle importancia a sus problemas.
- No es hoy, es todo el mes. Parece que me ha mirado un tuerto - dijo ella.
- Las cosas buenas siempre se alternan con las malas. Después de una mala racha siempre viene una buena - aleccionó él, sintiéndose algo pedante.
- Seguro que sí. Hoy te he conocido.
- Oh, claro. Hoy empezó bien, ¿verdad?
- Mi novio jamás me escuchaba.
- ¿Por qué estabas con él entonces?
- Era guapo, era muy cortés,...
- Ah, ya, un guaperas... ¿Cuándo aprenderéis las mujeres a no confiar en una cara bonita?
- No era solo eso. También parecíamos entendernos. Sin embargo se entendió mejor con mi mejor amiga.
Pedro asintió con la cabeza pero puso cara de circunstancias. ¿Cómo se consuela a alguien a quién han engañado? Sobre todo cuando él tenía la punzada de culpa porque creía estar traicionando a Belén. Aunque seguía siendo una simple comida amistosa.
- Tú me has escuchado sin conocerme de nada, eres un encanto - dijo ella sonriendo.
Pedro sintió que el estómago le burbujeaba, sin duda esa chica estaba consiguiendo enamorarle y se dio cuenta demasiado tarde. El tren empezaba la cuesta abajo y no tenía frenos.
- Es lo menos que podía hacer,... tú también eres muy encantadora.
- Gracias - dijo ella -. Cuéntame algo de ti... ¿Tienes novia?
- Oh, yo,... bueno - Pedro se dio cuenta de que si decía que sí volvería a hundirla así que prefirió mentir, o quizás prefirió mentirse a sí mismo ya que la idea de tener una aventura con ella le hacía herbir la sangre-. No, yo no tengo novia desde hace meses. También corté por tema de cuernos, ¿sabes?
- ¿Los pusiste tú o ella?
- Los puso ella... La sorprendí con un compañero de trabajo, que supuestamente iban a reunirse y les vi besándose.
- Oh, lo siento.
Verónica le cogió la mano y su calor le impulsó el corazón todavía más. Las mentiras hacían oficial su intento de engañar a Belén, o al menos eso sintió él.
- Sí, fue un duro golpe - continuó mintiendo.
Llegó el camarero y pidieron cada uno su comida. Durante un rato no dijeron nada, se miraron y sonrieron pero ninguno se atrevió a romper el silencio de la comida.
Al terminar salieron del restaurante envueltos en el mismo silencio y cuando se iban a despedir ella le besó en la mejilla.
- Me ha encantado conocerte - dijo ella -. ¿Me das tu teléfono para que pueda volver a hablar contigo si me siento mal?
- Claro, apunta: 555 56 82 37
- El mío es: 555 98 15 15
Ambos apuntaron sus teléfonos. Ella incluso le tomó una foto para asociarlo a su número y entre risas llegó la hora de despedirse.
- Hasta mañana, a la hora del café - dijo ella.
- Hasta mañana, Verónica - dijo él, aún bajo los efectos de la droga de su mirada y el tierno tono de su voz.
En cuanto se despidieron subió a su oficina y mientras estaba en el ascensor sonó su telefono móvil. Era Belén. Tragó saliva y trató de olvidarse de lo que sentía en su interior.
- ¿Qué tal comiste, amor? - dijo ella -. ¿Pudiste ayudar a esa pobre chica?
- Oh, sí. Es muy maja, estuvimos hablando de nuestras historias amorosas y parecía mucho más animada cuando nos despedimos. Puede que mañana volvamos a vernos.
- ¿Mañana? - Belén ya no parecía tan comprensiva.
- Sí, nos hemos hecho buenos amigos.
- Ah, claro... Bueno, espero que se recupere de su trauma.
- Eso espero yo también.
- Te dejo amorcito - Belén no estaba bien, lo notó en su voz -... tengo cosas que hacer.
- ¿Qué te pasa cielo? - dijo Pedro, preocupado por si tenía celos.
- Nada, nada, es solo que... no me gusta que veas más a esa chica.
- No me importa nada, solo era por ayudarla, solo quiero ser su amigo.
- Lo sé, lo sé,... es solo que... tengo una corazonada. No deberías volver a verla.
- Amorcito, solo tengo ojos para ti - a medida que escuchaba la voz de Belén su corazón volvía más a la normalidad y se olvidaba de Verónica.
- ¿De verdad? - preguntó Belén, con timidez.
- Te lo prometo.
- Esta bien, pero ahora sí te dejo que tengo cosas que hacer. Besitos, mua, mua.
- Te amo, Belén - respondió él antes de colgar.
"Te amo Belén", claro que la amaba. ¿Qué había estado haciendo con esa desconocida? ¿Se había vuelto loco? No era nada fácil, por no decir que era un milagro, encontrar a alguien con quien se entendiera tan bien, se llevara tan bien y que le gustara tanto como Belén. Era lo mejor que le había pasado en la vida. ¿Quería jugarse su felicidad por un amor fugaz que podía durar dos días?
"No puedo bajar mañana a la misma hora a tomar café" - decidió.


Y así lo hizo. El día entero lo pasó pensando en la pobre Verónica que quizás le estaba esperando también para ir a comer. Llegaron las dos y tampoco bajó. Pensó que lo mejor era dar el tema por olvidado así ella pensaría que no le gustó y solo fue una comida con alguien que se preocupaba por que estuviera bien, nada más. Si más intención. Pensó que si alguien la veía triste haría lo mismo que él, la ayudaría, la escucharía y ella se olvidaría de él.
Llegó a su casa por la noche y ya estaba Belén allí preparando la cena. La besó y se fue al baño a darse una ducha. El agua parecía ir quitándole el peso de la culpa por haber dejado tirada a Verónica.
Entonces sono su teléfono móvil. La voz de Belén constestó. Su corazón se detuvo, ella contestaba con monosílavos y una vez le pareció escuchar que decía "está en la ducha, luego te llama él". Se despidió con educación y colgó.
Se terminó de duchar sintiendo todo su cuerpo frío, por miedo a que fuera Verónica quien le había llamado. Se secó corriendo y se peinó con la mano por no perder el tiempo.
- Te llamó esa chica - le dijo Belén, con naturalidad.
- ¿Qué dijo? - preguntó él, nervioso.
- Me preguntó si era tu novia y le dije que sí. Me dijo que si podías llamarla en cuanto salieras, que tenía cosas que contarte y le dije que sí, que en cuanto salieras la llamarías.
- Oh - dijo Pedro, asintiendo preocupado.
- ¿Fuiste hoy a verla?
- Puede que sea eso, no pude bajar porque estaba muy liado. Quizás quiera saber por qué no bajé... Qué sé yo.
- Bueno, pues intenta decirle que tenías un incendio que apagar porque la pobre parecía estar a punto de llorar. Sé que eres sensible, trátala con delicadeza.
- Lo haré.
Agarró el teléfono y con Belén allí al lado la llamó.
- ¿Hola? Verónica.
- Hola Pedro - dijo ella con voz entrecortada. Sin duda estaba llorando.
- ¿Qué te ocurre?
- No podía dejar de pensar en ti. No viniste hoy a tomar café ni a comer. Creí... creí que te gustaba.
- Escucha, Verónica... - Belén había escuchado todo porque tenía la oreja pegada a su teléfono-. No pude bajar porque tenía cosas muy urgentes en el trabajo. Lo siento mucho, de verdad. ¿Estás bien?
- ¿No sentiste lo mismo? - insistió ella, decepcionada -. ¿No me echaste de menos? ¿no pensaste en mí?
Pedro miró a Belén sintiéndose terriblemente culpable ya que ese día había sido una tortura para él por no bajar y por miedo a hacerle daño a Verónica. Se sintió culpable porque de repente sus temores se confirmaban, ella le había esperado con desesperación y las heridas de su corazón estaban todavía peor por su culpa cuando él siempre quiso ayudarla. Belén le miró con reproche y trató de aclararlo todo con esperanzas de que la verdad pudiera curar las heridas que ella misma causara.
- Escucha, Verónica. Tengo novia, ayer no te lo dije porque sentí que te haría más daño que alguien feliz intentara consolarte habiendo pasado tú por lo que has pasado. Lo siento, no... te conozco como para sentir algo por ti tan pronto. Si quieres podemos vernos como amigos, pero amo a mi novia, la quiero con todo mi corazón y eso no va a cambiar.
- Está bien, lo siento, lo siento, lo siento - dijo ella y colgó.
- Hijo mío - dijo Belén -. Te dije que fueras delicado y le has destrozado el corazón.
- Lo... siento - dijo él, sintiendo que no solo le había destrozado el corazón a Verónica sino a sí mismo.
- Al menos no tendrás que volver a verla - dijo Belén, algo menos molesta.
- Sí, menos mal - dijo él.
Pedro miró a su novia mucho más tranquilo. Al menos Belén seguía confiando en él. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? No había hecho nada. Ojalá pudiera hacer algo para hacer feliz a Verónica pero eso destrozaría su vida y era demasiado feliz para querer que eso cambiara.




Varios días después, tras un día de navidad en familia, en casa de los padres de Belén, Pedro no había conseguido sacarse de la cabeza a Verónica. Esos días había bajado a tomar café a la hora que la encontró pero ella no aparecía. Quería hablar con ella, tratar de explicarle que le gustaba mucho pero que no quería estropear la relación con Belén. Quería ofrecerle todo su corazón, pero lo tenía ocupado. Entendió el motivo por el que muchos hombres engañan a sus mujeres y era porque simplemente amaban a dos mujeres. Era tan fácil mentir e intentar llevar una aventura paralelamente a su noviazgo... Pero si lo hacía sabía que los tres terminarían heridos.
Pedro cogió un periódico en el metro y después de leer deportes y noticias de escaso interés llegó a una página donde vio una foto conocida al pie de un artículo muy corto.

Sucesos, Madrid 26 de diciembre

Ayer a media noche una joven de veintiún años golpeó tres veces el espejo de su cuarto de baño y lo rompió en mil pedazos. Luego agarró un trozo del espejo y se cortó las venas. Con su sangre escribió en la pared un mensaje que los forenses nos han facilitado:
Me llamo Verónica y no quiero vivir.

Para Pedro eso fue como un balazo en el centro de su pecho. En el periódico venía su foto, ya cadáver, con su piel blanca y el contorno de sus ojos en tono oscuro. Aún le parecía tremendamente bonita y creyó que con su muerte había muerto parte de él. Sintió que su alma se partía porque él le había dado el empujón definitivo para que se suicidara y se sintió tan mal que ni Belén podría consolarlo.
Al volver a casa se encerró en el baño y se puso a llorar. Miró al espejo y se vió reflejado, llorando y con la cara roja. Recordó el apunte del periódico, que ella había golpeado tres veces el espejo y luego se suicidó con un cristal. Miró al espejo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
- Verónica, Verónica, Verónica... Perdóname.
Al levantar la mirada vio que ella estaba tras él, reflejada en el espejo. Su cara era la misma que vio en el periódico, blanquecina y con ojos ennegrecidos. Su mirada no era la que él recordaba, ahora su estaba cargada de odio. Se asustó y se dio la vuelta para ver si estaba allí pero no la vió. Su corazón se había acelerado tanto que parecía querer saltar de su pecho. Entonces el espejo se rompió en pedazos y uno de los trozos se le clavó en el cuello.
Belén golpeó la puerta con fuerza, le pidió que le abriera inmediatamente, con desesperación. Pero Pedro solo fue capaz de decir una última cosa antes de morir.
- Lo siento...
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Mensaje por Nefertari el Jue 29 Oct 2009, 18:45

jolin que impresion es tremenda la historia,el amor atraviesa todo Relatos de terror 80331 Relatos de terror 80331 Relatos de terror 80331 :flor: :flor: :flor: :flor:


Relatos de terror BpLZQJW
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Mensaje por Jucarese el Jue 29 Oct 2009, 19:03

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Relatos de terror Empty La mujer del pasillo

Mensaje por Nacho el Vie 30 Oct 2009, 16:08

Esta historia trata sobre un chico que trata de hacer contacto con su abuela ya fallecida,pero no sabe lo que le espera.

Una noche de Halloween, por hacer algo de miedo, jugamos a la Ouija, cosa de la que siempre me arrepentiré.

La noche era fría, en el ambiente se notaba un aroma extraño, no sé definirlo con palabras; unos amigos y yo buscamos una vieja Ouija que mi familia siempre ha tenido guardada, era de mi bisabuela, la cual había muerto cuando yo aún no había nacido, y siempre había querido conocerla. Mis amigos hacían eso por diversión, yo por un fin, quería hablar con mi bisabuela. La Sesión comenzó, entre risas mis amigos bromeaban, yo estaba muy serio, concentrado, pero ellos no lo notaron, hasta que cayó un rayo que iluminó toda la habitación oscura, seguido de un trueno, que estremeció hasta el último de mis huesos. Asustados por el rayo, mis amigos, se quedaron en silencio, como yo, concentrándose, de repente, el puntero de la Ouija comenzó a moverse, preguntamos al unísono, quién era, pero no respondió. El puntero se movía sin cesar de un lado para otro, sin formar palabras. Al final paró, y lentamente, formó las siguientes palabras: "Estoy yendo a por ustedes". Llamaron a la puerta, pero nadie se atrevió a abrirla, oímos la voz de quien llamaba, era una mujer, estaba en el pasillo, gritaba por entrar a mi habitación, el cerrojo estaba echado, no podía entrar, pero parecía que iba a tirar la puerta abajo. La mujer gritaba desesperada, la puerta iba a caer, así que empujamos la cama para atrancarla. La mujer cada vez más desesperada, gritaba mi nombre. Yo tuve el impulso de abrir la puerta, pero me contuve, esos gritos eran desesperados. Entonces me di cuenta, era mi bisabuela, algo me lo decía, aunque no podía explicar cómo lo sabía. Me lancé a abrir la puerta, quería verla, tenía que verla, pero mis amigos me agarraron. Los gritos cesaron, una de mis amigas, tuvo un ataque de nervios, nos acercamos a consolarla, pero una voz grave y fuerte salió de ella diciendo que no nos acercáramos, nos quedamos de piedra. La mujer del pasillo comenzó a gritar de nuevo: "¡Se los advertí, y no me hicistes caso, ahora moriras!". Mi amiga comenzó a moverse de un lado a otro, diciendo que nos mataría, intentamos abrir la puerta pero no pudimos, los gritos volvieron a cesar, conseguimos abrir la puerta, yo salí primero, pero se cerró detrás de mí. Oí los gritos aterrorizados de mis amigos, histéricos, pidiendo socorro, dando patadas a la puerta para abrirla.

Escribo mi historia, cuarenta y cinco años después de que ocurriera, pues acabo de salir de la cárcel, culpado por el asesinato de mis amigos, los cuales encontré muertos cuando conseguí abrir la puerta de mi habitación.
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Mensaje por Nacho el Mar 03 Nov 2009, 11:09

Bueno se cuenta que en la calle san antonio en arequipa, hay una casona muy antigua, que ahora es un colegio, lo raro es que han ocupado todos los cuartos menos uno, en el que nadie sabe que es lo que tiene dentro.

pero mis compañeros y yo investigamos, y al ver por una ranura de la ventana que rompimos, logramos ver una cama con algo encima. en ese momento nos apartaron y al día siguiente repararon la ventana ahora era mucho mas sospechoso.

un mes más tarde, tuvimos una serenata en el colegio, y el director mencionó que el colegio antes era un convento.

en ese momento estábamos en nuestra clase cuando una compañera llego desesperada y sin poder hablar, cuando se calmó nos contó que había visto una monja que se desvaneció.
ella se fue del colegio pero descubrimos que lo que había en el cuartito era el cadáver de una monja, que dijo que nunca quería salir de ahí como última voluntad, así que se lo cumplieron y hasta este día sigue ahí, solo lo sabemos yo y algunos compañeros, el señor que cuida el colegio dice que todas las noches la ve ahí mismo, en el baño, pero que se desvanece antes de que le vea la cara.

creemos que ella tal vez murió por algo en el baño que no la deja irse.
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Mensaje por Jucarese el Mar 03 Nov 2009, 11:29

entretenidos relatos Relatos de terror 62883


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Relatos de terror Empty Re: Relatos de terror

Mensaje por Nefertari el Sáb 17 Dic 2011, 15:47

Cuando dejes de llorar


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Spoiler:
¿Podría una madre olvidarse del hijo de sus entrañas?
Pues yo nunca me podré olvidar. Is. 49,15.
Empezó a oír el llanto antes de entrar a la casa.
El hombre volvió del trabajo con el último aliento de la tarde, arrastrando su sombra a través de las calles. En todo su aspecto lánguido y demacrado se notaba el agotamiento físico y la falta de sueño que su cuerpo venía reclamando a gritos.
— ¡Querida, ya llegué! —anunció el hombre en el quicio de la puerta.
No le sorprendió la ausencia de respuesta ni el hecho de que nadie venga a recibirlo. Sin embargo, el llanto constante como sonido de fondo resultó tan molesto para sus nervios siempre alterados, que a pesar de que llegaba amortiguado por la distancia, lo sintió como si una manada de gatos estuviera aullando adentro de su cabeza.
El señor Gómez apoyó su maletín sobre una repisa, se quitó el saco, lo colgó en el perchero y aflojó el nudo de su corbata. Luego fue hasta el baño, se arremangó los puños de la camisa y se lavó la cara y las manos con abundante agua. Finalmente volvió al salón comedor y se dejó caer en la silla exhalando un suspiro.
— Uff, no doy más… —resopló.
Se inclinó hacia adelante, apoyó los codos sobre la mesa y miró su imagen reflejada en el vidrio de la biblioteca. Negras ojeras subrayando los ojos enrojecidos, piel anémica y grasienta bajo una barba de cinco días, la espalda encorvada y la expresión ausente en la mirada, formaban el conjunto calamitoso de su figura.
Una punzada de dolor en las sienes lo hizo desviar la vista de aquel cuadro. El llanto susurraba en sus oídos una retahíla de reclamos y lamentos, en un lenguaje visceral compuesto por lacrimosos gemidos.
— ¡Marta, ya llegué! —volvió a gritar, esta vez alzando más el tono de voz.
A continuación se escuchó un ruidoso traqueteo de ollas y utensilios de cocina, unos pasos nerviosos que se acercaban y luego la señora Gómez se asomó por una puerta lateral. Llevaba un delantal cuyo color original había sucumbido hacía tiempo bajo sucesivas capas de mugre, un hacha de cocina chorreando sangre en la mano derecha y el pelo largo y crespo recogido en una cola de caballo.
— Alberto, no te escuché entrar —dijo la mujer, jadeando—. ¿Cómo estuvo tu día?
Igual que el anterior, y el anterior, y los que vendrán… hasta el fin de los días, pensó él.
— Bien, bien… —respondió con voz cansada—. ¿Qué hay de cenar?
— Sopa de verduras —dijo la mujer, y se limpió el sudor de la frente con el borde del delantal.
El hombre suspiró. La señora Gómez adivinó el gesto de fastidio en el semblante de su marido, por eso salió de la cocina y se paró frente a él cruzada de brazos, en actitud desafiante.
— Alberto, ¿qué te pasa? —le espetó.
La pregunta era ya ritual. Ella sabía tan bien como él que su vida era un asco. Que había visto cómo sus sueños se derrumbaban uno a uno hasta quedar convertidos en un montón de ruinas. Que se sentía aplastado como una cucaracha por una rutina vacía y sin sentido: del trabajo a casa y de casa al trabajo, y a eso había que sumarle las “horas extras” que demandaba ser padre de familia.
— Nada, Marta…
No pasa nada, repitió, y sin embargo la montaña de basura adentro de su cabeza empezaba a alzarse como un dios terrible al que había que alabar y rendir tributo.
— Alberto, por favor, no empecemos otra vez…—dijo la mujer, cuando tuvo un súbito presentimiento. El instinto materno.
Un grito horrible atravesó la habitación. El llanto se tornó alarido lastimoso, una letanía sonora y discordante que desgarró los oídos del matrimonio. La mujer miró al hombre. El hombre miró al piso y luego a su mujer.
— Deben tener hambre —dijo la señora Gómez.
— Siempre tienen hambre, Marta, siempre —respondió el hombre con dureza—. ¡Hacelos callar, por el amor de dios!
— Pero… Alberto, ¿qué te pasa?
— Me pasa que no los soporto más, ¡me van a quemar la cabeza!
— No hables así, por favor.
— ¿Por qué? Si son unos malcriados de mierda, Marta.
— ¡Alberto!
El hombre la miró con un brutal deseo de insultarla. Los ojos llenos de un frío aborrecimiento.
Ante ese arrebato contenido, la mujer se envalentonó y le echó en cara todo lo que pensaba. Le dijo que él era el culpable de su angustia, que le había arruinado la vida, que era un desalmado sin corazón y que a veces tenía deseos de matarlo como a un perro.
— Sos un hijo de prostituta, Alberto.
El hombre se paró frente a ella, dispuesto a golpearla, pero contuvo su irritación ante una visión deprimente. Por un momento, el señor Gómez sintió que se estaba reflejando en un espejo: igual de cadavérico era el rostro de su esposa, igual de sombría su mirada, igual de abatido el cuerpo de la mujer de la que alguna vez estuvo enamorado.
— Marta.
— Alberto.
Ambos se miraron, fingiendo reconocerse el uno en el otro, evocando un pasado irreal de tan distante, pero que a fuerza de repetición terminó siendo la única realidad posible.
— ¿Te acordás cuando éramos novios?
— Sí. Éramos jóvenes. Eso fue hace mucho tiempo —reflexionó ella.
— Antes de que empieces a tener hijos —dijo él, casi en tono de reproche.
— Antes de que “empecemos” a tener hijos, Alberto —corrigió ella—, ¿no estarás insinuando que…?
— No, Marta, yo no insinúo nada.
Se sentían como si fueran los únicos sobrevivientes de una terrible tragedia: sólo los unía la resignación mutua, la pesadilla común de haber atravesado juntos el infierno.
El horror compartido.
— Alberto…
— ¿Qué, Marta?
— ¿Todavía me querés?
Silencio.
— Sí —mintió él—. ¿Y vos?
Otra vez silencio.
— Yo también —mintió ella.
En ese momento el llanto se intensificó, acompañado por un alarido horrendo. Sin decir una palabra, activado por una súbita energía de reserva en su cuerpo, el hombre se dio vuelta con ímpetu y se dirigió a grandes pasos a las habitaciones. Se paró frente a una de ellas y reventó la puerta de una patada.
Allí, agazapado en un rincón, un niño como de siete años lo recibió con un insulto. Espumarajos de rabia brotaban de su boca con cada injuria, los ojos hinchados, rojos, la cara desfigurada por la ira.
El hombre se precipitó adentro del cuarto y cuando estiró el brazo para agarrarlo el niño le mordió la mano. El señor Gómez miró la sangre alrededor de la media luna marcada con los dientes y le respondió con una violenta patada en las costillas.
— Vení para acá, mocoso de porquería —escupió.
Lo sacó de la habitación a la fuerza y lo arrastró a través de un oscuro pasillo, seguido de cerca por su esposa. El niño berreaba, se sacudía y pataleaba, convulsionado por una mezcla de bronca e impotencia.
El corredor desembocó en una puerta. El hombre la abrió y la escalera del sótano descubrió frente a ellos los primeros escalones, ya que el resto permanecía tragado por la oscuridad. El señor Gómez soltó al niño y de un empujón lo hizo rodar escaleras abajo.
El hombre y la mujer descendieron y se detuvieron a mitad del trayecto. El niño se incorporó y permaneció de pie en el fondo del subsuelo, temblando, rodeado por un mundo de tinieblas. El llanto que hacía instantes laceraba los oídos del matrimonio cesó de repente, y la casa quedó sumida en el silencio más absoluto.
Pasaron, quizá, diez segundos.
De pronto, fue como si la propia oscuridad cobrara vida. Primero se oyeron ruidos de cadenas que se arrastraban, luego unas formas indefinidas se movieron en la penumbra, hasta que al fin emergieron de la sombra y se recortaron nítidamente contra el fondo negro: una docena de mandíbulas cuadradas, del tamaño de una cabeza, con dos hileras de colmillos brillantes como el acero.
Olfatearon el miedo. El miedo era su alimento.
Un terror animal se apoderó del pequeño. A su alrededor, las quijadas mugían y se acercaban, abriendo y cerrando sus grandes fauces con voracidad. El niño apenas pudo procesar en su esquema mental lo que estaba ocurriendo. La locura lo invadió y se extendió por todo su ser como una enfermedad, haciendo colapsar su sentido de realidad. Y en su lugar sólo quedó un horror ciego, sin matices. El puro miedo.
Pero la pesadilla para él duró poco: las mandíbulas, atacadas por una creciente sensación de gula bestial, cayeron sobre el cuerpo del niño desgarrando la carne, triturando el hueso, cortando de cuajo el aliento contenido. La jauría se disputaba con ferocidad los restos de la víctima, tironeando de cada extremo, hasta que el cuerpo no tardó en quedar desmembrado en medio de un río de sangre.
El matrimonio contemplaba el espectáculo con frialdad.
— ¿Ese era el último? —preguntó la mujer.
El hombre asintió con la cabeza.
— No les durará mucho —agregó.
— No —dijo el hombre—. Esperemos que al menos nos dejen dormir.
— Sí —respondió la mujer.
El festín estaba llegando a su término cuando el matrimonio dio media vuelta y salió del sótano en silencio. Cerraron la puerta despacio, con una sensación de placentera calma en el rostro, como dos drogadictos que se dieron un toque después de varias horas de involuntaria abstinencia.
Volvían a la sala tomados del brazo, un matrimonio feliz, cuando la mujer pareció desvanecerse. Se echó sobre el pecho del hombre y se llevó una mano a la boca, ahogando un grito.
— Marta, ¿qué te pasa?
— ¡Alberto! —gritó. El cuerpo se le dobló en una súbita contracción—. Me parece que…
— ¡¿Qué?! —gritó el hombre.
La señora Gómez se aferró con fuerza de ambos brazos de su marido, clavándole las uñas en la carne. La cara se le contrajo en una mueca convulsionada por el dolor.
Una aureola de sangre comenzó a crecer en el delantal, en la zona del vientre.
La mujer respiraba con dificultad. Inhaló y exhaló con fuerza varias veces. Mugió como una bestia hasta inyectarse de sangre el rostro. Flexionó las rodillas, hizo un último esfuerzo, lanzó un grito y luego suspiró.
Acto seguido, una pata negra y velluda asomó por debajo del delantal, tanteando en el vacío. Luego, una a una, se desplegaron ocho patas más, y finalmente una bola viviente cayó al piso haciendo un ¡plop! junto con un chorro de líquido sanguinolento.
La mujer volvió a suspirar, esta vez con alivio.
El hombre observó todo con impavidez, ni siquiera cuando la mujer vomitó sobre su camisa hubo un gesto o contracción en los músculos que delatara alguna emoción en su rostro.
— Otra boca más que alimentar —dijo inexpresivamente, mirando al monstruo retorcerse en el piso: no tenía ojos, nariz, ni otra cosa que deformara o embelleciera su aberrante fisionomía, solo una boca negra con dos hileras de filosos colmillos, y patas de tarántula naciendo alrededor.
La mujer levantó en brazos al fruto contrahecho de sus entrañas, abrió la puerta del sótano y, antes de hundirse en la oscuridad junto a su nueva descendencia, se volvió hacia su marido.
— Debe tener hambre, Alberto —dijo en tono maternal.
El hombre comprendió el metamensaje en las palabras de su mujer.
El llanto agudo del recién nacido comenzó a resonar en el interior de su cabeza: la llamada terrible, perentoria, de la cría, y sintió que su chillido se le clavaba como cientos de navajas en el cráneo.
— Voy por mi abrigo —dijo con resignación.

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Relatos de terror Empty Re: Relatos de terror

Mensaje por Jucarese el Sáb 17 Dic 2011, 21:17

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Relatos de terror Empty La sonrisa de Payaso, leyenda urbana

Mensaje por Eternia el Jue 22 Dic 2011, 17:59

Esta leyenda urbana se ha extendido por muchas ciudades de España.

Siempre la historia comienza como… le ha pasado a la amiga de un amigo.

Y muchas veces no hacemos caso a tanta habladuría y a tanta fantasía.



Pero os contaré que en Huelva un grupo de “niñatos” si que jugaron a ser dioses e intentaron hacerlo a una chica

que iba sola por la calle aquel día. Gracias que la chica escapó y al

final no ocurrió ninguna desgracia, pero… ¿realmente estarían dispuestos

a realizar *la sonrisa del payaso*?



La sonrisa del payaso, es el nombre al que se le conoce a una nueva tortura que utilizan algunos grupos de chicos latinos para castigar a chicos del bando contrario. Cogen a un chico o chica desprevenidos y les hacen primero unas cuantas de preguntas.

Elige entre las tres opciones que harán cambiar tú vida:

- Besas el suelo con los dientes

- Te violamos

- O …*la sonrisa de payaso*

Evidentemente hasta hoy nadie conocía realmente que quería decir “ la

sonrisa de payaso ”, y la mejor opción de las tres parecía ser esa. En

esos momentos nadie puede pensar con claridad, ya que te encuentras

rodeado y sabes que de allí no vas a salir ileso.

Cuando dices con voz temblorosa la tercera opción, antes que te des

cuenta y puedas reaccionar alguien te ha cortado con un cuchillo afilado

la comisura del labio derecho hasta la mitad del pómulo. Y al intentar

escapar de la situación otros dos te sujetan bien fuerte para que no te

escabullas, mientras la misma persona realiza lo misma acción. Te raja

el lado izquierdo del labio.

Todos se ríen de tu rostro desencajado por el dolor y lleno de sangre. Y

ahora es cuando vierten en tus heridas alcohol para que cicatrice rápido

y te quedes marcado con esa *sonrisa macabra de payaso* para el resto de

tus días.

Si os llegase a ocurrir la mejor opción es salir corriendo y no parar

hasta encontrar un lugar seguro. Pero intentar ir siempre acompañado de

dos personas o más, y así hay menos posibilidades de que ocurra alguna

desgracia.
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